La Cámara de Diputados se convirtió en un circo donde los legisladores se disfrazan para llamar la atención. Entre chapulines y dinosaurios, lo que se hace evidente es que la política mexicana necesita menos novelistas y más auténticos liderazgos.
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En un arranque de creatividad digna de un capricho infantil, la diputada federal del PRI, Abigail Arredondo, ha presentado su “Ley anti chapulín” al más puro estilo del carnaval mexicano. Luciendo un disfraz del “Chapulín Colorado”, la legisladora parece haber confundido el Palacio Legislativo con un escenario de teatro, donde las críticas y las risas son parte del guion.
La protagonista de esta función no solo busca poner freno al famoso “chapulineo”, al obligar a los legisladores a devolver sus curules si cambian de partido, sino que también invita a los espectadores a participar en una reinterpretación de la “política seria” mediante un desfile de disfraces.
Este hecho es comparado con el de Xóchitl Gálvez, quien optó por un disfraz de dinosaurio para protestar contra la corrupción. Ambos disfraces, aunque cómicamente diferentes, parecen reflejar una realidad, la falta de seriedad y enfoque en los verdaderos problemas que aquejan al país.
Mientras Gálvez opta por un amigo prehistórico para señalar viejas prácticas corruptas, Arredondo salta de un papel a otro como un chapulín despistado, tratando de encontrar su lugar en un mundo donde los chistes no deberían ocupar el lugar del debate político. Su iniciativa, aunque con buenas intenciones, genera más risas que reflexiones, dejando claro que el verdadero cambio en la política va más allá de un disfraz.
En lugar de ofrecer propuestas contundentes que beneficien al pueblo, se convertirá en el blanco de memes y burlas en redes sociales.
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